Cocinando una Trampa

Génesis 27:1-17

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

27 de junio de 2010

La confianza es algo tan sencillo para quebrar, pero algo difícil cuando no imposible a restaurar. Donde la confianza es más necesaria, parece más comúnmente el local más difícil de mantenerla. Cuando vivimos en familia, la confianza es la base para todo relacionamiento, amor y seguridad. La fe en Dios gira entorno de la confianza y dependencia, un relacionamiento que requiere confianza. Cuando fallamos en demostrar confianza en nuestras familias, ¿como podemos crear un relacionamiento de confianza con Dios y los demás?

Su mamá lo empezó, por lo menos a primera vista. La historia no parece se sobre ella, pero es ella quien elaboró la trampa y soñó la estrategia para circundar los planes de su esposo. Jacob de forma simple siguió sus instrucciones y los dio huellas. Puede ser tentador colocar toda la culpa sobre Rebeca, pero Jacob estaba siente de sus acciones y reconoció la naturaleza de la trampa. Él no era menos culpable que su mamá en jalar la lana sobre los ojos de su papá.

Los hermanos ya tenían una historia de no dares bien. Jacob había sacado ventaja del hambre de Esaú para comprar sus privilegios de primogenitura por un plato de comida. Los mellizos luchaba entre si y pleiteaban por el amor de sus padres. Esaú era favorecido por su papá, Isaac, mientras Jacob por su mamá, Rebeca. Vivían vidas distintas con prioridades diferentes. Su amor el uno por el otro no era estimulado por el conflicto en lo demás de las dinámicas familiares.

Nos gusta mirar a nuestros héroes bíblicos como buenos modelos, pero el narrador aquí no pinta un cuadro de beatitud familiar en Génesis 17. Isaac y Rebeca jugaban favoritos con sus hijos mellizos. En vez de buscar el mejor para ambos hijos, se ponían en oposición el uno al otro, favoreciendo un hijo a costos del otro. No estaban arriba de intrigar uno contra el otro para cumplir con sus propósitos propios. El mismo conflicto evidente entre madre y padre se reflejaba entre sus hijos a la vez.

Por derecho de orden de nacimiento, Esaú debería haber heredado la mayor parte de la posesiones de Isaac, bien como la responsabilidad de cuidar a su mamá, asumir el liderazgo del clan y representar la familia delante de Dios. La mayor parte de la herencia para el hijo mayor era privilegio, pero a la vez era responsabilidad. Esos privilegios habían sido tomados por Jacob en un momento de debilidad por parte de Esaú. Lo que ahora estaba en juego era la bendición Isaac tenía por darle a sus hijos.

Las bendiciones y palabras en el Antiguo Oriente Medio se comprendía como teniendo poder y vida. No eran vistos simplemente como los deseos de un padre por su hijo. Se los miraban como profecía con el poder para llevar a cumplir los designios pronunciados. Se veía la palabra como importante y poderosa. Tenía vida propia. Una vez pronunciada, no se podía llamarlas para tras. Tenían su vida y el poder para crear vida o destruirla. Hablada, vivía en los corazones y mentes de quienes la escuchaba. La palabra creaba al recibir vida por el hecho del hablar.

Miramos algo dese concepto en el primer relato de creación en Génesis, bien como en el inicio del evangelio de Juan. De inicio existía la palabra, y esa palabra proferida trajo vida y propósito en medio a un caos primordial y sin sentido. Juan dice que la palabra trajo vida a la existencia, una vida que era la luz del mundo. Tal era el concepto tras la comprensión de la bendición de un padre hacia su hijo. La bendición proferida, como una maldición, se comprendía crear la realidad pronunciada. La bendición no era meras palabras, como las comprendemos. Era el pronunciamiento de una realidad con su vida propia.

Desde su lecho de muerte, Isaac buscó el momento de proferir una realidad al bendecir a su hijo mayor. Buscaba darle el único regalo que le restaba para compartir con el hijo amado. Se preparó por el momento al enviar Esaú hacia los campos para cazar presa y prepararlo para su padre. Mientras, Isaac elaboró las palabras que pronunciaría y las bendiciones que deseaba por su hijo primogénito. Él no reconoció la trampa que Rebeca armaba contra él. A la vez, estaba siente de la posibilidad que alguna trampa se armaría para quitarle a Esaú la bendición que planeaba.

Jacob entró a la tienda de su padre disfrazado. Alteró su voz para ser más como la de su hermano. Rebeca lo había instruido a vestir lana en sus brazos y pecho, bien como en vestir ropas de su hermano con su olor. Los ojos de Isaac habían fallado, por lo tanto cuestiones visuales del disfrace no eran tan importantes, pero Rebeca había pensado de factores de olor y tato. El disfrace no era perfecto, pero era suficiente para pasar una trampa en un anciano cuya vista había fallado y cuya audición no era buena.

Isaac de alguna forma supo verificar la identidad del hijo entrando declarándose ser Esaú. Parece haber sospechado que entre Jacob y Rebeca había buena chance de armarle una trampa. Pidió que Jacob se identificara. Pidió que se acercara para poder tocarle y verificar los brazos velludos de Esaú o lisos de Jacob. Verificó la ropa del hijo, buscando el olor de uno que vivía cazando en los campos. No confiaba en que su hijo se identificara correctamente.

Era una situación triste. Los hermanos no confiaban el uno al otro. Los padres tampoco. Los padres no confiaban aún en sus hijos. Habían fallado en alcanzar el marco. Esta no es simplemente la historia de una trampa por Jacob, ni de las estratagemas de Rebeca. Es un retrato de una familia por completo en choque contra si. El plan de Esaú, a final de cuentas, no era simplemente para bendecir a sus dos hijos, sino para bendecir no más a uno. No se preparaba para bendecir los dos, solo su favorito.

Isaac no parece salir del mismo patrón que su padre Abrahán. Ni lo son Rebeca, Esaú y Jacob. Son todos demasiadamente humanos, fallos, indignos y necesitando mucho de la gracia divina. Están muy ocupados con sus estrategias personales. Piensan muy poco de los planes y la voluntad de Dios. Tiene muy poco pensar por tratar en gracia, misericordia y generosidad. Actuan como si necesitan proteger a sus propios intereses a costos de los demás, empezando con su familia. Parece impropios como héroes de la fe, indignos de su posición como patriarcas del pueblo escogido por Dios.

Mientras la familia debería de ser un contexto de seguridad y bendición, sus vidas la cambiaron en una zona de guerra. Lo que debería de ser un local de conforto y refugio se alteró por intereses egoístas en un sitio de intrigas y trampas contra aquellos más habilitados a cuidar las necesidades el uno del otro. La confianza se desvanecía por planes y estratagemas malignas. La luz se cambió por tinieblas y el amor por egoísmo. Un contexto de nutrir y afirmar se transformó en un nido de trampas contra los miembros de la familia.

Lemos historias de la vida hogareo de Jacob y Esaú con sus relaciones quebradas, pero poco de un relacionamiento con Dios. Quisás sera por ser difícil relacionarse con Dios mientras somos negligentes con los demás. Jacob y su familia era buena en cocinar trampas, pero miserablemente fallaron en desarrollar confianza entre si y para con Dios. Quisás se hubieron trabajado más en amar y aceptar, tendrían podido celebrar la suficiencia de Dios para con todos. Infelizmente, prepararon trampas para destruir la harmonía, el amor y la confianza. En lugar de ser vencedores confiados, se tornaron un bando de tramposos que pleiteaban. ¿No es eso precio demasiado alto para pagar por el avance de nuestros intereses egoístas contra aquellos que deberíamos amar?

—©2010 Chrístopher B. Harbin

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