Aun Sin Creer

Génesis 17:1-21

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

21 de febrero de 2010

Hablamos mucho del creer en Dios. Hablamos de la fe muchas veces como aquellas cosas que hemos aceptado como verdad, las que hemos creído. Sin reconocerlo, hacemos de nuestra fe y creencias un hacer de buenas obras, restringiendo Dios al límite máximo de nuestros esfuerzos por creer o aceptar ciertas verdades. Si paramos para reflexionar en la vida de tantos de nuestros héroes de la fe, sus vidas estaban llenas de dudas. Su fe era algo más que una aceptación de verdades. Era algo más como dependencia o compromiso que el aceptar o comprender algún u otro detalle. Las verdades que contaban eran las que se percibían en el hecho de sus vidas, no en sus pensamientos.

Según nuestras definiciones borriqueras de fe, Abrahán no se lo tenía. ¿Cómo se puede decir que se tiene fe en uno de cuya palabra y promesa se puede reír? Abrahán ya había caminado años con Dios. Había confiado en la protección y orientación de Yahvé en el trascurso de su peregrinaje desde Ur hasta Egipto y de regreso a la tierra de su promesa. Había experimentado la provisión de Dios y aprendido mucho referente al carácter distinto de Yahvé en contraste a los supuestos dioses de las gentes al su entorno. Su fe aun se mezclaba con una falta de confianza, una falta de aceptación, una falta de comprensión. Adoraba y servía a Yahvé, pero al fondo no le creía por completo. Le faltaba creer.

Cierto que no tenía los mismos recursos que tenemos nosotros en las cuales apoyar nuestra fe. No tenía las historias de Pedro, Pablo, Jesús, Daniel, Gedeón, Elías y Moisés. No tenía los textos que llamamos sagrados, relatando para nosotros la jornada de gentes como el mismo Abrahán. Tenía cierta historia con Yahvé, pues había empezado peregrinaje ya con su padre desde Ur. Había escuchado el mismo llamado de su padre a emprender viaje y confiar. De cualquier modo, estaba empezando su vida de confiar en Dios, un Dios que aún estaba llegando a conocer.

Desde luego, los relatos de la vida de Abrahán empiezan con historias de una falta de confianza. Su fuga a Egipto y el desastre que fue tener un hijo con Agar no lo colocan en muy buena luz. Al pasar los capítulos miramos un hombre distinto, pero un hombre de fe con sus altos y bajos bien mezclados. En esta historia en la cual Dios se le acerca para prometerle un hijo con Sara, lo que llamaríamos de su fe se está tambaleando otra vez.

Abrahán estaba en conflicto entre el deseo de creer y la incertidumbre que se le cercaba. Veía los efectos del pasar de años en su vida y también el la vida y el cuerpo de su esposa. Bien reconocía que ya había ella pasado de la etapa de vida en que podría tener un hijo. Reconocía su propia incapacidad para participar del mismo. Su ciencia se entreponía a dejarle en dudas. Conforme las reglas de la vida, tal cual las conocía, la promesa de Dios le parecía un chiste. A la vez, quería mucho que las palabras de Dios fueran verdaderas. No las quería creer, entretanto, pues no quería lastimarse al volver a una esperanza que ya había dejado por muerto. Sería muy desalentador volver otra vez a esperar que Sara le diera un hijo, simplemente para ver tal esperanza revelarse en una mera ilusión. No sabía se tenía la fuerza para tener su esperanza lastimada otra vez más.

Lo que Dios le prometía era demasiado a se esperar. Era un sueño grande, aparentemente demasiado grandioso, ostentoso, exagerado. Lo quería para si y mucho, pero no quería ponerse al riesgo de esperar que se tornara realidad solo para veer sus sueños evaporar como un espejismo en tierras áridas. No quería sentir el dolor de tal decepción potencial. Obedecer era una cosa, creer contenía un riesgo de nivel mucho más elevado. Luchaba consigo mismo, pero a la vez se extendió la mano a cumplir con las instrucciones de Dios al inclinar la cabeza en su adoración.

A veces, el obedecer es lo más sencillo, lo más simple, lo más fácil. Es algo de rutina cumplir con uno u otro requisito de acción. No hay necesidad de pensar, de aceptar la propuesta, o de alterar nuestra identidad. Un hecho puede muchas veces sentirse ajeno a nosotros mismos. Hacemos algo por cumplir con alguna necesidad sin que la acción fluya de nosotros y nuestra voluntad. Actuamos como si fuéramos simplemente máquinas. Un hecho puede ser así externo a nuestro ser. La fe y el íntimo as veces se protegen por detrás de nuestros hechos y acciones que la contrarían.

Abrahán no estaba seguro de cómo reaccionar frente a la pronunciación de la promesa divina. Se rió de la promesa. Declaró su incertidumbre frente a la proclamación de Dios. Argumentó con Dios que ya tenía un hijo y que eso le bastara a Dios. No confiaba que le fuera realmente posible a Yahvé darle otro hijo, y este con Sarai. Dudaba. Se reía. Se puso a contrariar la palabra de Dios. A la vez, inclinó su rostro ante Dios en obediencia y compromiso.

¿Qué hacemos con eso? El padre de la fe dudó de Dios. El padre de la fe se rió de la promesa que Dios le daba. El padre de la fe no le creía cuando Dios le prometió un hijo. Su ciencia contrariaba la palabra divina. Su supuesto conocimiento negaba que Dios pudiera intervenir en su vida de una forma inesperada para criar vida dentro del vientre de su esposa. Abrahán se tornó blasfemo en su reacción, negando el poder de Dios, el mismo Dios que crió el universo y la vida en toda su diversidad. ¿Qué hacemos con este tal padre de la fe? ¿Qué hizo Dios con él?

Ausente de la historia están los rayos que cayeron del cielo para consumirlo. Ausente está que Dios se enojó con Abrahán por su falta de confianza, gritándole de las nubes en voz de truenos. Ausente está que la tierra partió para tragar a Abrahán por su falta de fe. Ausente está cualquier palabra o acción de condenar Abrahán por su impotencia en creerle a Dios. Lo que Dios dice es, «Aunque no lo creas…».

La falta de confianza de Abrahán no ejercía ningún efecto sobre Dios. Quien salía afectado no era Dios, pero Abrahán. El hecho de que no loe podría confiar le robaba no tanto a Dios, sino al propio Abrahán la bendición de descansar en la promesa y provisión que no veía. Su fe, entretanto, tampoco se limitaba a lo que podía o no comprehender y aceptar. Su fe era aún más que la confianza que tenía en las palabras y promesas de Dios. A demás de una confianza, era a la vez un compromiso con Aquél en quien había puesto su confianza. Confiaba en el carácter y la persona de Dios, mismo cuando le era difícil aceptar todas sus palabras, promesas y orientaciones. Mismo sin comprehender, puso sus manos a trabajar en cumplir con aquellas cosas que había reconocido ser la voluntad de Yahvé.

Era así mismo la fe de muchos de nuestros héroes bíblicos. No exhibían siempre una confianza completa en Dios, sus soluciones, o mismo de su poder para vencer a las dificultades que enfrentaban. A la vez, continuaban en el camino de seguir y obedecer a Dios por cuestión de su compromiso, lealtad y confianza en los otros aspectos de su relación con Dios.

Dios bien nos conoce. Como con Abrahán, sabe cuando nos ponemos a reír con sus instrucciones y promesas. Dios sabe de las dificultades que sentimos en confiar en sus promesas e instrucciones. No espera que no nos falte comprensión y aceptación del todo de sus planes. Igual, nos invita a seguirle con dedicación y compromiso aún sin que le creamos por completo. Esto es la realidad de la fe real.

—©2010 Chrístopher B. Harbin

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