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¿Quién Me Ve? Génesis 16:1-15 Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC 14 de febrero de 2010 Si cuando estamos bien, hay ocasiones que las relaciones son difíciles, cuando nos vemos bajo stress, lo que eran simplemente difíciles se tornan peores. La presión aumenta bien como el deseo de escapar de las tormentas de la vida. Es muy común que busquemos soluciones rápidas que no siempre son las mejores. Esperar en Dios, confiar en la provisión que no se ve, nos drena emocionalmente. En muchos casos, acabamos por actuar de formas que lastiman a otros o inclusive a nosotros mismos, pues nuestra mira se queda en las dificultades, no en el carácter de Dios, ni en las obligaciones en que deberíamos estar enfocados. Así mismo pasó con Sarai. Estaba angustiada por no tener hijos. Por la situación social y contexto del día, quizás hasta era madre de niñas, aunque el texto no lo especifica. De cualquiera forma, le faltaba por lo menos un varón para presentar ante su esposo. Sin ignorar lo tanto que significa un hijo varón para muchas mujeres de hoy, para Sarai un niño significaba heredero como también su sustento y provisión en su edad avanzada. Era sumamente importante para designar su valor como persona y como una mujer productiva. Pasaban los años y Sarai veía crecer apenas su angustia y ansiedad. El hijo que tanto quería quedaba lejos de su alcance. Parecía algo imposible. Sarai tomó una decisión que partía de su desesperación. Decidió no esperar en Dios, ni en buscar su orientación. Decidió seguir el paso de los patrones de su día y sociedad. Una solución se presentaba en el cual aprovecharía de su esclava como madre substituta. Le daría su esclava Hagar por mujer a Abram, aceptando el niño de ellos como su propio hijo. Al nacer el niño, lo recibiría en sus propias piernas, designándolo como suyo. Resolvería la cuestión de su infertilidad, por lo menos en términos legales, mismo que su estrategia no le resultaría ser todo aquello que esperaba. No veía las consecuencias de sus acciones. No podía ver lo inesperado. No percibió que sus decisiones le traerían mayores angustias en vez de aplacar las ansiedades que ya tenía. Después del hecho de aprovecharse de Hagar, Sarai cayó en celos por el resultado de su plan. Si antes se sentía desvalorizada frente a su infertilidad, ahora se sentía peor. Como si no fuera suficiente, Hagar andaba embarazada con el hijo de su esposo y también se jactaba de su fortuna. Los planes, deseos e impotencia de Sarai la llevaron a llenarse de ira y a hundirse en una depresión aún más profunda. Sarai empezó maltratando a Hagar para apaciguar su propia culpa y pérdida de valor. Abusó otra vez de su posición maltratando a su esclava de tal modo que ella se huyó hacia el desierto. Sarai no había buscado la orientación de Dios antes, ni lo hacía ahora. Al reconocer su impotencia, se volvió costumbre abusar de otros, en lugar de buscar la orientación de Aquel que tiene autoridad y poder real. Hagar huyó de Sarai. Huyó de los maltratos que recibía. Huyó por cuestión de su impotencia de no poder hacer nada contra Sarai. Pensó que era simplemente su posición en el mundo y que no había solución para sus dificultades, ya que no había quien le defendería su causa. Los maltratos recibidos le afectaron su forma de mirar a los demás. No esperaba nada más que lo mismo que venía recibiendo. En su desesperación huyó y se encontró con la Presencia de uno que no esperaba encontrarse en su fuga. Se encontró con la presencia de Yahvé, el Dios de sus amos, Abram y Sarai. Allá en el desierto esperaba una salida de sus problemas. Esperaba escapar del abuso que recibía de manos de su ama. Primeramente sintió el abuso de ser arrojada como algo sin valor para la satisfacción del esposo de su ama. Luego se sintió despreciada por haber cumplido con las órdenes de su ama. Hagar no era completamente inocente en sus propias acciones y actitudes, pero sintió más el peso de la acción de los otros, que le impedía reflexionar en sus propios hechos. Así pasa casi siempre en las relaciones personales. Hagar y Sarai, ambas se creían que eran las víctimas, mientras ambas eran a la vez culpables desde perspectivas diferentes. Hagar huyó de la situación de su abuso, procurando una salida mejor para su vida. Huyó pensando que estaba sola, sin ayuda ni apoyo. Se sentía abusada, aprovechada y menospreciada. A sentirse abandonada de toda fuente de apoyo, ella huyó al desierto. Lo que encontró en ese sitio aparentemente olvidado hasta por los dioses, fue Dios mismo llegando a su encuentro. Para eso no estaba preparada. Esperaba encarar muchas cosas. Estaba lista a pasar sed y hambre. Esperaba encontrar culebras venenosas, animales salvajes y otros peligros de muerte. Pero no esperaba que Yahvé, el Dios de su amo, estuviera pendiente de ella, una esclava atropellada por las acciones impensadas de Sarai y Abram. Una tierra árida y desértica era una tierra que se consideraba abandonada tanto por los dioses, como por los hombres. Debería de ser un lugar en donde los dioses no habían puesto su atención, ya que no ejercían esfuerzo por sembrar fertilidad en ese sitio. No era un lugar donde se debería esperar que viniera un dios al encuentro de uno. De cualquier forma, era eso exactamente que le pasó a Hagar. En donde menos esperaba que Dios tuviera conocimiento de ella y sus necesidades, allí mismo vino Yahvé a su encuentro. Llegó al desierto en desespero. Allí fue encontrada por un mensajero de Dios. Su desesperación fue vertida en sorpresa. De sentirse víctima de abuso, encontró que era recipiente de la atención y la provisión de Dios, del mismo Yahvé a quien servían Abram y Sarai. Cuando antes pensaba morir aislada en el desierto para escapar la tortura de los malos tratos de su ama, ahora se veía privilegiada por Dios lo suficiente para volver a su ama. Su situación allá no habría cambiado, pero la forma que veía a su vida frente al encuentro con Dios sí había cambiado del todo. Sí, regresaba a malos tratos, pero esos tratos no la definirían ni a ella ni a su valor. Dios estaba en medio de las circunstancias y Él mismo la veía mientras ella una simple esclava, víctima del abuso de sus amos. Muchas cosas cambian con una simple alteración de la perspectiva. Muchas cosas cambian con el hecho de apreciar que Dios lo ve a uno en medio de sus circunstancias angustiantes. Hagar aun era esclava. Hagar aun era una víctima. Hagar aún no tenía la posición y los derechos de esposa. Hagar aun estaba en condición de ser aprovechada como un objeto cualquiera, pero una cosa había cambiado. Veía ahora que Dios tenía algo más para ella de lo que había visto hasta el momento de su fuga. Dios la veía. Dios tenía gracia que la alcanzaría a ella y a su niño aun no nacido. Dios la veía y se interesaba con ella. Volvió del desierto para su vida con Abram y Sarai. Volvió reconociendo la incomodidad que aún enfrentaría. Pero ahora ya no se sentía abandonada ni menospreciada, pues Dios la tenía en la mira de su atención, sus propósitos y sus planes para bendecirla. Volvió con una nueva perspectiva de la identidad de Yahvé y el alcance de su gracia. Volvió mirando menos a las circunstancias de su vida y los problemas en la relación con su ama. Miraba más a la presencia de Dios, el Dios que la veía y cuidaba. Hagar entendió que aún en circunstancias de abuso y desesperación Dios la veía y estaba al tanto de sus dificultades. Sarai aún estaba por comprender la misma lección. Aun no confiaba plenamente en Dios, pero empezaba a ver que sus acciones para solucionar lo que estaba fuera de su alcance no le resultaban. ¿Cómo reaccionaremos nosotros en medio de las dificultades de la vida? ¿Intentaremos conciliar nuestros problemas según nuestro conocimiento humano o buscaremos al Dios que nos ve? —©2010 Chrístopher B. Harbin | |
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