Nacido su Salvador

Tito 2:11-14

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

27 de diciembre de 2009

Regalos, papel de embalaje, cajas vacías y tiradas al lado toman cuenta del espacio que llamamos casa. Muchos despiertan por la mañana con gusto para llegar ante un árbol para abrir regalos, como se fuera esa la razón de la fiesta. Como dijo un cartón navideño que recibí, «Tenga una navidad feliz, pero ¡no te olvides del que cumple años!» Es muy fácil dejar Jesús de lado en los festejos. Él es la razón del celebrar, pero muy fácilmente lo ignoramos, sin negligencia en decir a los demás que deben de dar atención a que la navidad es fiesta por cuestión de ser Dios hecho carne y viviendo en nuestro medio.

Es interesante que Pablo habló de una anticipación referente a la manifestación de Jesús. Jesús ya era el cumplimiento tan esperado y anticipado. Era la esperanza de Israel desde hace siglos. Desde muy chicos sabemos que los ángeles y pastores de Lucas 2 anunciaban a Jesús como el Mesías esperado, la salvación de su pueblo. Simeón y Ana en el templo habían hablado del mismo. ¡Ya habían visto la salvación de Israel! ¿Cómo, entonces, habla Pablo de una anticipación de Jesús ser manifiesto? Ya había nacido. Ya había muerto en la cruz. Ya había resucitado. ¿Qué más le hacía falta?

Desde luego, su nacimiento era motivo de alegría y salvación, pero eso aun en sentido de anticipo. Ya era la salvación de Israel, bien como la nuestra. Lo que faltaba era precisamente lo que menciona Pablo en su carta a Tito. Le faltaba ser revelado plenamente como el salvador que ya era. Su manifestación era lo que aun carecía. No le hacía falta a él. Simplemente se hacía falta para la gente como Pablo y como nosotros.

Allá en el pesebre, la gracia de Dios ya estaba presente. Dios ya había planeado tratar con todos por medio de gracia motivado por su amor. Su salvación allí ya se había entregado para nosotros. Jesús ya era el Salvador, el Mesías, el Rey del universo que vino ofrecernos comunión y reconciliación. Nada más era necesario para nuestro rescate del pecado desde la perspectiva divina. Lo que faltaba era que Dios clarificara para nosotros lo que había hecho—que manifestara los detalles de su plan de amor y gracia, tal que pudiéramos confiar y aceptar tal glorioso regalo de reconciliación con Dios. Faltaba a la vez declarar cual era el motivo y propósito de tal salvación—un cambio en nuestras vidas, actitudes y hechos.

El ángel en Lucas brinda la llegada del Salvador. Años después de su muerte y resurrección, Pablo habla de anticipación de la manifestación de este mismo Salvador. En el pesebre no conseguimos mirar toda la historia. No apreciamos lo que es el carácter de esa vida en Cristo que se anuncia desde los ángeles. Aun no comprendemos allí el amor y la gracia de Dios que lo lleva hacia la cruz. Aun no se distingue este niño por su carácter de amor a los indefensos, aislados y rechazados por la sociedad y los religiosos. Aun no se mira que las buenas nuevas de la salvación de Dios es su gracia y amor para con nosotros pecadores. Tiene un largo camino aun a trillar para manifestar todo eso. A la vez, ya se puede decir que en aquel pesebre ya está presente toda nuestra salvación, mismo si falta revelar el plan divino de forma más completa.

El Sermón del Monte aún está en la mira; la cruz aún está por venir; la resurrección está por la frente, pero ya había nacido nuestra salvación. El propósito divino ya operaba. El hecho de la gracia y el amor de Dios ya habían motivado su nacimiento, ofertando reconciliación a todos que le aceptaran. Se le faltaba revelar o manifestar al mundo la realidad y el carácter de ese plan divino.

Lo que Jesús pasó años revelando fue el carácter de la vida que Dios nos exige, bien como el carácter del Dios que exige de nosotros. Manifestó que amor es el atributo esencial de Dios en ofrecernos de su gracia y reconciliación. Reveló que Dios es como aquel buen padre que busca lo mejor para sus hijos. Reveló que el carácter de nuestras vidas debe ser distinto por cuestión de haber probado la gracia, la misericordia, el perdón y el amor de Dios. En el Sermón del Monte, dibujó un cuadro de ese carácter de vida. Ilustró que el amor es mucho más exigente que cualquiera ley. A la vez, ilustró que la gracia del amor se extienda hacia donde la ley no puede alcanzar.

En la cruz reveló la grandeza y la profundidad del amor de Dios, con su perdón por nuestros pecados. Se entregó a si mismo en nuestro rescate, haciendo el todo para que no nos quedara más que una simple aceptación de lo que hizo para nuestra reconciliación. Regaló a su propia vida para revelar la extensión de su amor y gracia.

En la resurrección, manifestó la realidad de sus palabras y hechos, bien como la eficacia de su entregarse por nosotros. Demostró a los discípulos que realmente era Dios hecho carne para invitarnos a una nueva vida basada en la gracia de Dios.

Ya todo se hizo Dios, pero Pablo aun habla de anticipar su manifestación. Tal anticipación tenía dos partes: la nuestra y la de Dios. No era que a Dios le faltaba alguna cosa para dar efecto a nuestra salvación. Era que había aun otro paso en manifestar la realidad de su plan al declarar de forma incontestable el hecho de la identidad de Jesucristo. Aun esperaba Pablo aquel día por llegar en que la gloria de Dios en Cristo Jesús se viera manifestada de forma final. Ya actuaba la realidad. Jesús ya era Dios. La salvación ya era eficaz. Aun había que algunos la comprendiesen.

La parte nuestra era y es más trabajosa. Faltaba que nosotros viviéramos conforme el carácter de Dios ya revelado en Jesucristo. Faltaba que nos dejáramos ser transformados desde adentro para vivir de acuerdo con el amor y perdón recibido. Faltaba que Dios fuera manifestado en nosotros de acuerdo con el pleno carácter de Dios revelado en Jesucristo.

Dios ya se manifestó en Jesucristo. Se manifestó en el pesebre y por los ángeles alrededor de Belén. Se manifestó por el ministerio de Jesús en hecho y palabra. Se manifestó en la cruz y resurrección. Ahora anticipa ser manifiesto en nuestras vidas. Si, con Pablo anticipamos el día de su regreso en gloria, pero mientras, debemos de ocuparnos en revelar su presencia en la forma de nuestro proceder el uno con el otro. Declaramos a Jesucristo presente y ofreciendo salvación a la medida que nuestras propias vidas reflejen su amor, gracia, paz y perdón. Somos nosotros la forma principal en que Jesús se revela hoy como Salvador y Señor.

Para Pablo, igual al evangelio y las cartas de Juan, la llegada y la salvación en Jesucristo empiezan en el amor de Dios. Empiezan en amor, pues todo depende de su gracia, cual no puede operar sin amor hacia todos. No es el enojo de Dios que orienta cuestiones de salvación y eternidad. Es el amor y la gracia de Dios que operan y operaron para que viniera Jesús ofreciendo nueva vida en pureza y comunión con el Dios por la eternidad.

Decimos que ha nacido el Salvador allá en el pesebre. Declaramos que vino a nos rescatar. ¿Estamos declarando su llegada y presencia con nuestra forma de vivir? No hace mucho provecho declarar su nacimiento, si su vida no se manifiesta en el carácter de nuestro propio vivir.

—©2009 Chrístopher B. Harbin

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